Tradición y modernidad

En la galería AJG, las obras del artista chileno Andreas von Gerh llaman la atención por sus reflexiones en torno al retrato y la pintura histórica

  1. BOSCO DÍAZ-URMENETA SEVILLA | ACTUALIZADO 15.07.2013 – 05:00

 

Una mirada diferente a la singularidad de los individuos. Arriba, imagen de la obra ‘Re-Bio-Gehr’, retrato del padre del artista. Abajo, a la izquierda, ‘Autorretrato’ de Andreas von Gerh, y a la derecha, un detalle de esa misma pieza, en la que pequeños botones recogen el rostro del credor chileno a la edad infantil.

En demasiadas ocasiones se olvida que el arte moderno, aun siendo una ruptura con el pasado, no olvida ni ignora la tradición artística. Desde la diferencia que entraña la nueva sociedad, basada en la economía de mercado y el Estado liberal, y desde la perspectiva (igualmente diversa respecto al pasado) que le otorga su autonomía, el arte moderno reflexiona sobre la tradición reinterpretando sus formas y sus géneros. 

Así se advierte en algunos trabajos de Andreas von Gehr (Santiago de Chile, 1972) incluidos en esta muestra. Especialmente llama la atención su concepto de retrato. A lo largo de la tradición artística, el retrato va subrayando la singularidad del individuo. Es cierto que las exigencias del decorum separarán el empaque que conviene al monarca o al aristócrata del talante amable y sencillo de los soldados de Franz Hals, por ejemplo, cercanos a las figuras de la comedia. Pero entre tanto orden y jerarquíase deslizan figuras cuya dignidad reposa en la propia condición de individuo: desde el célebre retrato de Tiziano de un Carlos V cansado y sin más emblema del poder que la vara de alcalde, hasta el que hace Velázquez de D. Diego de Acedo, cuyo cuerpo deforme no resta un ápice a su entereza. El arte moderno insiste en este valor pero le añade la sombra de la fragilidad: la pasión puede deformar los cuerpos (como ocurre en Bacon) y la sociedad maltratarlos o reducirlos a un icono que es imagen de una ausencia porque, como ocurre con lasMarilyns de Warhol, obedece al mito social y no a la singularidad individual. 

Gehr vuelve sobre el retrato pero para mostrar de manera escueta y eficaz el tiempo del individuo. SuAutorretrato recoge su propia figura, fotografiada e impresa sobre lienzo, cubierta de diminutas semiesferas traslúcidas. Pese a la vibración que producen no es un recurso óptico porque en cada uno de esos pequeños botones aparece el rostro de un niño, el propio Gehr. La misma idea alienta en Re-Bio-Gehr, un gran retrato del padre del artista: fragmentado el rostro en 225 instantáneas, en cada una de ellas aparece también la figura infantil del retratado. La presencia del tiempo en esta obra se subraya con un juego de palabras levemente irónico: Rebioger es un específico que por tener principios antioxidantes retrasa la vejez. Gerh le añade una letra más, la convierte en su apellido y la aplica a la vitalidad que muestra la figura de su padre. 

Si estas obras reflexionan sobre el retrato, tal vez lo haga Star sobre la pintura histórica. La obra reproduce una fotografía de las protestas estudiantiles en Santiago de Chile en el año 2012. Un policía golpea a un manifestante. Pero las figuras que llenan todo el lienzo están tramadas por lo que a primera vista parecen estrechas superficies horizontales pero que resultan estar formadas por palabras, las del himno nacional chileno. Sobre todo ello aparece una estrella, alusión a la que aparece arriba a la izquierda en la bandera de aquel país, pero que en este cuadro está formada por fragmentos de color en desorden que parecen deshacerse y gotear hasta el límite inferior del cuadro. 

La muestra se completa con una pieza de interés, Trama-Fragmento, que encierra una sugerente contradicción. A primera vista es una explosión de color. Un análisis más detenido muestra que la pintura acrílica va construyendo formas geométricas de límites nítidos que sobrevuelan sobre otras igualmente exactas. Transparencias y oclusiones garantizan este orden geométrico y pormenorizan su exactitud. Sus formas sin embargo constituyen un auténtico desorden porque componen un potente remolino que avanza del fondo a la superficie y desde el centro dispersa con vigor fragmentos hacia la periferia del lienzo. Es un cuidado ejercicio de pintura que recuerda a ciertos autores alemanes. 

Algunos fenomenólogos, siguiendo quizá las ideas de Vidal de la Blache sobre la dialéctica entre el territorio (siempre en continua transformación) y el paisaje (que sería la vista fija de un momento de tal proceso de cambio, una instantánea), consideran que el la pintura de paisaje comienza siempre con el desconcierto que producen arbustos y árboles, luces y aguas, hierbas y rocas, esto es el vigor y la fuerza de la naturaleza. Después el pintor debe decidir: puede separarse de la naturaleza y llevarla de modo distanciado al cuadro (con lo que quizá no construya sino una escenografía) o permanecer dentro del desorden y pintar su propia relación con él. Tal vez este remolino de von Gehr aluda a esta segunda opción de la pintura de paisaje, quizá las cuidadas formas sublimen colores y luces, mientras el estallido sea un trasunto del dinamismo de la naturaleza. Si esto es así, cabría ver Trama-Fragmento como una reelaboración de otro género tradicional: el paisaje.