Paisaje

 

A primera vista es una explosión de color. Un análisis más detenido muestra que la pintura acrílica va construyendo formas geométricas de límites nítidos que sobrevuelan sobre otras igualmente exactas. Transparencias y oclusiones garantizan este orden geométrico y pormenorizan su exactitud. Sus formas sin embargo constituyen un auténtico desorden porque componen un potente remolino que avanza del fondo a la superficie y desde el centro dispersa con vigor fragmentos hacia la periferia del lienzo. Es un cuidado ejercicio de pintura que recuerda a ciertos autores alemanes.

 

Algunos fenomenólogos, siguiendo quizá las ideas de Vidal de la Blache sobre la dialéctica entre el territorio (siempre en continua transformación) y el paisaje (que sería la vista fija de un momento de tal proceso de cambio, una instantánea), consideran que el la pintura de paisaje comienza siempre con el desconcierto que producen arbustos y árboles, luces y aguas, hierbas y rocas, esto es el vigor y la fuerza de la naturaleza. Después el pintor debe decidir: puede separarse de la naturaleza y llevarla de modo distanciado al cuadro (con lo que quizá no construya sino una escenografía) o permanecer dentro del desorden y pintar su propia relación con él. Tal vez este remolino de von Gehr aluda a esta segunda opción de la pintura de paisaje, quizá las cuidadas formas sublimen colores y luces, mientras el estallido sea un trasunto del dinamismo de la naturaleza. Si esto es así, cabría ver Trama-Fragmento como una reelaboración de otro género tradicional: el paisaje.

 

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